El 11 de diciembre de 2018, la actriz Thelma Fardín, acompañada por el Colectivo Actrices Argentinas, denunció al actor Juan Darthés por una violación que habría ocurrido nueve años antes, cuando ella era menor de edad -tenía 16 años-, hecho que habría ocurrido en el medio de una gira por Nicaragua del programa “Patito Feo”, en el que ambos actuaban.

Ese día nació #miraconmonosponemos, el hashtag al que muchos ya llaman el “#metoo argentino, en comparación con el movimiento que surgió en octubre de 2017 en los Estados Unidos, a raíz de las denuncias contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein.

Si bien Juan Darthés venía siendo denunciado por varias actrices, sus colegas (varones y mujeres) mayoritaria y públicamente desconfiaban de las víctimas y defendían al denunciado apelando a que creían que era “incapaz” de acosar y mucho menos aún de abusar sexualmente de una mujer.

“Mirá como me ponés”, le habría dicho Darthés a la joven actriz y a otra de sus víctimas, obligándolas a tocarle su pene, haciéndolas responsables de su erección y, aún peor, de su comportamiento depredador. La conducta de Darthés pone de manifiesto la creencia machista generalizada de que las mujeres provocamos sus comportamientos enfermizos. “Mirá como me ponés” dice un golpeador antes del zarpazo… “Es que iba vestida con minifalda”, “es que estaba borracha”. Así, “mirá como nos ponemos” dijimos también las mujeres argentinas ese martes 11 de diciembre.

Tan crudo y estremecedor fue el relato de Thelma y tan fuerte es la imagen de tantas actrices argentinas paradas en un escenario respaldando la denuncia, que a partir de ahí se desató una ola imparable de denuncias e historias contadas tras años y décadas de silencio.

Aquellos y aquellas que defendieron a Darthés ante las denuncias anteriores salieron públicamente a retractarse, a mostrarse arrepentidos y a pedir disculpas. Muchos seguramente movidos por una actitud sincera y otros, tal vez, empujados por la reacción social frente a los hechos.

Pero más importante aún fue lo que ocurrió con muchos otros actores y actrices, y con miles de personas comunes y desconocidas a partir del #miracomonosponemos.

Un ejemplo es el de la actriz Eva de Dominici, quien había defendido a Darthés cuando Calu Rivero, Natalia Juncos y Anita Coacci lo denunciaron por acoso. Sin embargo, tres días después de la denuncia de Thelma grabó un vídeo en el que, además de pedir disculpas por haber dudado de la denunciantes anteriores, contó que había sido abusada a los 16 años por un director de cine. “Naturalicé el abuso de poder, el acoso y el maltrato”.

Y así, minuto a minuto, las historias de famosos y anónimos empezaron a salir a la luz en las cuentas de Twitter, Facebook e Instagram. Personas que durante años y hasta décadas soportaron silenciosamente episodios de abusos sexuales y violaciones usaron las redes sociales para hacer su catarsis, perder el miedo, poner el relato en palabras y terminar con ese silencio que atormenta a la víctima y la vuelve más víctima aún.

Tan grande fue la reacción, que el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos informó que las llamadas al teléfono contra el abuso infantil se incrementaron un 1.240 por ciento días después de la denuncia. En la Argentina, 1 de cada 3 mujeres es víctima de algún tipo de violencia en su vida solo por ser mujer; 324.000 mujeres anualmente son víctimas de violencia durante el embarazo; 10 millones de niños presencian alguna forma de violencia doméstica, y cada 18 horas una mujer muere víctima de violencia. En lo que va de 2019, se han registrado 43 femicidios.

Dos días después de la denuncia de Thelma, la actriz y modelo María del Cerro contó en un programa de TV abierta que había sido abusada a los 11 años: “Y no lo sabe nadie. No lo sabe ni mi mamá, ni mi papá. Se están enterando todos en este momento”, comenzó narrando, y luego agregó: ”Me parece que soy responsable de hablarle a todas las mujeres que están del otro lado, a todas las mamás que tienen hijos chiquitos. Si bien fui una chica que fue recontra cuidada, me pasó y le puede pasar a cualquiera”.

Pero muchos hombres y mujeres anónimos también se sintieron motivados a contar experiencias traumáticas. Macarena Lugoni, por ejemplo, escribió en su cuenta de Instagram: “Cuando escuché el testimonio de @soythelmafardin escuché a mi yo de 19 años”, y a continuación describió la situación que había sufrido años atrás muy similar a la vivida por Thelma.

Otra de las famosas que contó por esos días que fue abusada sexualmente fue la actriz Araceli González, quien precisó que su victimario fue un albañil que la manoseó cuando tenía apenas cinco años.

La periodista Fernanda Iglesias denunció por acoso al conductor Roberto Pettinato, quien también había sido denunciado públicamente por Karina Mazzocco, Josefina Pouso y Emilia Claudeville, tres periodistas que trabajaron con él anteriormente.

Otra periodista, Romina Manguel, que habitualmente participa de programas periodísticos, relató al aire dos situaciones de acoso vividas: en un estudio de radio la primera, y en un estudio de TV la segunda. En ambos casos denunció que se trató de personajes públicos, aunque no se animó a dar sus nombres. “Las mujeres denunciamos cuando podemos, no cuando queremos porque este medio es machista y no te creen”, dijo.

Magui Bravi, una joven bailarina muy popular en la TV argentina, contó que fue víctima de abuso sexual cuando tenía 19 años. En la puerta de su departamento “un hombre desconocido de 35 me dijo que era del quinto piso y me empujó para adentro, muy rápido, trabó la puerta con algo y me metió al pasillo”, relató por Twitter.

Entre los casos más renombrados, está el de la actriz, conductora y bailarina Reina Reech. A través de su cuenta de Instagram, dio su testimonio sobre un abuso que sufrió en la infancia. “Siento la necesidad de hablar, de decirlo, porque marcó mi vida, porque tuve años de terapia para superarlo, porque pasaron 47 años y me sigue estrujando el corazón. Mi padrastro a los 13 años quiso abusar de mí. Buby Lavecchia me hizo pasar el momento más traumático de mi vida, me sentí sola, con un vacío inmenso que aún hoy me cuesta llenar”, expresó y sostuvo que recién después de ver a Thelma “atreverse” pudo pensar en compartir su caso.

La ola de denuncias se volvió imparable y en el ámbito político también empezaron a salir a la luz situaciones de abuso.

Antes de que llegaran las navidades de 2018, Claudia Mabel Guebel, una empleada del Congreso de Argentina, presentó una denuncia penal contra el senador Juan Carlos Marino por acoso y abuso sexual. “No intentó, lo hizo”, dijo Guebel en diálogo con una cadena radial local, cuando se le preguntó si el senador había hecho algún intento de tocarla. “Acá no hubo ningún intento”. Marino ejercía el cargo de Vicepresidente Primero del Senado, función a la cual renunció presionado por la denuncia.

Apenas unas horas después, Teff Solange, una militante de la agrupación juvenil La Cámpora, acusó públicamente al senador de la provincia de Buenos Aires Jorge Romero por haberla encerrado en el baño y presionarla para que le practicara sexo oral. Los eventos, dijo ella, ocurrieron en 2017.

En esos mismos días de mediados de diciembre, se conoció la denuncia de una mujer y dos hombres por abuso sexual y corrupción de menores al pediatra Alberto Cyrulnik, quien había trabajado en la escuela judía ORT a la que concurrían sus víctimas. Ellos fueron abusados cuando tenían entre 13 y 14 años, tanto en el colegio como en el consultorio privado del médico.

A partir de la difusión de esta causa judicial, en menos de un mes la cantidad de personas que denunciaron públicamente al pediatra se elevó a 30. Los relatos coinciden: mientras revisaba a los niños, Cyrulnik los obligaba a apoyarles la mano en su pene e insistía en hacerles preguntas de contenido sexual. “Vas por un dolor de cabeza y te hace desnudar”, es el comentario entre sus víctimas.

La víctima más antigua del profesional, un empresario residente en México que fue agredido en 1975 cuando tenía 13 años, viajó hace pocos días a la Argentina para formalizar su denuncia. Y el propio sobrino de Cirulnik, Gabriel, también confesó haber sido abusado, aunque todavía no se animó a presentarse como querellante en la causa.

En el ámbito educativo, un grupo de alumnas de la carrera de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba denunció públicamente por acoso sexual a los integrantes de la cátedra de Anatomía Normal y divulgaron como prueba una serie de capturas de pantalla de un grupo de WhatsApp, donde médicos adjuntos, profesores y alumnos rentados conversaban sobre ellas y hacían comentarios denigrantes y de índole sexual.

Por su parte, cada vez se destapan más casos de redes organizadas de pedofilia y de violaciones por parte de miembros de la Iglesia Católica, dejando la sensación de que es solo la punta del iceberg y que, en las próximas décadas, podremos apreciar la profundidad de estas conductas y cómo han impregnado todos los niveles de esta institución.

Recientemente, el Papa Francisco reconoció por primera vez que las mujeres de la Iglesia también han sufrido violencia sexual. Unos días después, a fines de febrero, El Vaticano inició una cumbre mundial sobre los abusos a menores por parte del clero, un hecho inédito en la historia de la Iglesia, aunque es cierto que las víctima no quedaron nada conformes con las medidas tomadas, a las que juzgan de tibias.

Vale recordar que las mujeres argentinas no empezaron a alzar su voz hace unos meses. En 2015, un grupo de mujeres periodistas, escritoras, artistas y actrices lanzó el hashtag y el movimiento #niunamenos. Hartas de relatar historias de mujeres asesinadas, sintieron que era el momento de hacer algo. “Ni una menos” es un colectivo de protesta contra la violencia contra la mujer y su consecuencia más grave y visible: el femicidio. Este es un movimiento que se extendió a otros países de la región como Uruguay, Ecuador,​ Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela, Chile, Paraguay, y a países europeos como España,e Italia.

Otro hashtag reciente es el de #niñasnomadres. En la Argentina existe una ley denominada ILE (Interrupción Legal del Embarazo) que prevé en qué casos una mujer tiene derecho a que se le practique un aborto. Si el embarazo representa un peligro para la vida de la mujer y este peligro no puede ser evitado por otros medios; si el embarazo representa un peligro para la salud de la mujer (entendida la salud como el bienestar físico, mental-emocional y social); si el embarazo proviene de una violación.

Pero en los últimos meses, médicos, directivos y funcionarios de algunas provincias del interior del país entorpecieron y obstruyeron la aplicación de la ley en casos de niñas violadas. Con distintos argumentos y mentiras, dilataron la intervención hasta el punto que, debido a las semanas de embarazo, las niñas fueron forzadas a dar a luz.

La difusión a través de redes sociales de las acciones que buscaron impedir la interrupción legal del embarazo -que para la Organización de las Naciones Unidas (ONU) podrían considerarse tortura- se reflejó en el hashtag #niñasnomadres, campaña liderada por Planned Parenthood Global, GIRE, Amnistía Internacional y CLACAI, para informar sobre las graves consecuencias de la violencia sexual y las maternidades forzadas en la vida de las niñas latinoamericanas En la Argentina, cada 3 horas una niña de entre 10 y 14 años tiene un parto.

Mientras la investigación en Nicaragua por la denuncia de Thelma Fardín continúa, a tres meses del #miracomonosponemos, en la Argentina, donde nació hace cuatro años el movimiento #niunamenos, algo cambió. Y Latinoamérica mira atenta.

 

Fuente: Matador Network